Vive Latino 2014: Contrabando y ¿Traición?
- Ruy Martínez
- 12 oct 2016
- 3 Min. de lectura

Eran casi las 11 de la noche del sábado 29 de marzo. El ambiente raro, eufórico, como cuando a un niño le levantan el castigo y puede salir a cascarear después de una semana de cruel encierro. En el Vive Latino se vivía una situación parecida, luego de años de autocontrol, de bailar cumbia disfrazada de rock con el Gran Silencio, o banda disfrazada de electrónica con Nortec, o de cantar canciones de los Tigres transformadas a un género más “políticamente correcto”, con La Lupita o Maldita Vecindad. Por fin eliminamos a los intermediarios y fuimos directamente a la fuente: Los Tigres del Norte.
Hace un año los Ángeles Azules demostraron que en nuestros corazones rudos vive un diablillo que le gusta zapatear y demostrar que los hombres se muestran en la pista de baile. La diferencia es que este año todo giró en torno a los norteños. El escenario principal seleccionó cuidadosamente sus actos con el afán de ir metiendo poco a poco a la gente en un ambiente latino, ya que, con excepción de Coda, todas la bandas tenían en su música un toque tradicional y ajeno al rock.
Después de Dancing Mood y su ska tradicional, Caligaris y su ska fiestero y la impecable ejecución del serbio Kusrturica y su orquesta de no fumadores(con granizo incluído), llegó la hora de El Gran Silencio. Sí, los chuntaros regresaban al Vive Latino y con ellos la fiesta podía empezar. Las canciones de los regios parecen no caducar a pesar de tener bastantes años sin sonar en la radio. La cumbia vallenata nos contagió.
La noche cayó y la Maldita llegó tocando como siempre, el mismo set, el mismo discurso “zapatista” de los 90’s. Pero no importó, las canciones, tatuadas en la memoria de cada asistente, hablaron por sí solas. Recuerdos, nostalgia, bailes, pachucos, morenazas, poetas y circo todo en un espacio de una hora. ¡Que grandes fueron!
Llego Calle 13, con ellos la polémica y el recuerdo no muy lejano del rechazo recibido en este mismo festival, hace tan solo unos años. Pero este año se notaba distinto, un par de ediciones atrás habían conquistado al público del Vive, pero este año vendría su consolidación. No fallaron, ni el supuesto golpe recibido por un fanático ni sus ataques a la gente por haberlos bajado en su primera participación, lograron apagar la llama. Todo fue perfecto. Todo fue locura. Todo estaba listo.
“Yo sólo vine a ver a los Tigres, bueno a mí novia pero principalmente a los Tigres”, confesaba un borracho oriundo de Sinaloa.
Después de meses de expectativa y de un día lleno de baile y recuerdos, llegaba el momento. Luego de décadas de sentirnos culpables al cantar sus canciones, de la censura recibida por parte de los “expertos del rock” con frases sentenciosas como: “Esa es música de nacos”. Por fin éramos libres, podíamos bailar, gritar, brincar. El tabú se acabó. “Jefe de Jefes”, como un manifiesto, retumbó en el alma norteña de cada una de las personas que precenciamos a estos gigantes. A partir de ese momento nada importó, todo fue baile, todo fue gozo. No importó lo desafinado, no importó que no se les entendiera ni una sola palabra o que repitieran canciones. Tampoco importó que Calamaro estuviera hasta las chanclas. Es más podría asegurar que ni siquiera importó el repertorio ya que ¡nadie se sabía la mitad de las canciones! Lo único que valía en ese momento era rebelarse del “yugo opresor” del rocanrol. Tocaron 10 o 1,000 corridos no lo sé. Me parece recordar que Calamaro salió a repetir “La Mesa del Rincón”. Lo que sé es que fue un momento único y por lo tanto me siento afortunado, como afortunados se deben de sentir las decenas de miles de personas que presenciaron el mayor crossover cultural que se ha dado en nuestro país en los últimos años.
Misión cumplida, el Vive Latino oficialmente pasó de:”Dos días de puritito rocanrol” a ser el “Festival Iberoamericano de cultura musical”.