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Mis 25 años en el Café Tacvba


Cuando era niño, en mi casa el rock era consumido como si de pan caliente se tratara, en especial el que estaba cantado en nuestro idioma; Andrés Calamaro, Los Auténticos Decadentes, Los Fabulosos Cadillacs o Mano Negra eran la versión extranjera del ritmo rebelde que se escuchaba en mi hogar. El rock mexicano también sonaba; Maldita Vecindad, Jaime López y Botellita de Jerez formaban parte del soundtrack cada vez que me subía al carro de mis padres.

Durante mi infancia hubo dos notables ausencias: Caifanes y Café Tacvba. No formaron parte de mi educación musical. De los segundos sólo existía un disco entre la extensa colección musical con la que crecí. Avalancha de Éxitos era el elegido, aunque, sospecho, sólo se había ganado el honor gracias a que incluía un cover de “Chilanga Banda” de Jaime López, versión que sufría ante las comparaciones con la grabación original. Debido a esto, y a pesar de haber crecido rodeado de música, Café Tacvba era algo desconocido para mí y no fue hasta que salí de la primaria que tuve mi primer contacto con Rubén y compañía.

Cuando salí de sexto de primaria, a mi maestra se le ocurrió llevarnos a celebrar a un antro que ofrecía tardeadas. La cita fue en el centro comercial Mundo E, en el lugar de moda: El Salamandra. La tarde transcurrió tranquila, la música era aburrida bajo mis estándares rockeros. Descubrí, a mi corta edad, que ir de antro no era lo mío. Cuando todo parecía perdido y que nada podía rescatar la tarde, empezó a sonar en los altavoces un redoble que anunciaba el inicio de “La Ingrata”; la canción ya era un clásico del rock mexicano, pero para mí era la primera vez que sonaba, no podía creer lo que mis oídos percibían, me quedé en shock. Mi historia con Café Tacvba había comenzado.

Pasaron un par de años, cursaba el tercer año de secundaria y mi época nu-metalera poco a poco llegaba a su fin, dejando un espacio que el rock en español iría llenando poco a poco. Café Tacvba no sonaba en ese momento, la banda llevaba más de un lustro sin sacar disco. Nadie esperaba nada de los de Satélite pero ¡Oh sorpresa! Los “Tacvbos” regresaron con un EP, tributo a otra de las bandas de culto en mi hogar: Los Tres. “Déjate Caer” se volvió, de la noche a la mañana, la canción número uno en mi vida. Nada mejor que una melodía que yo escuchaba desde que tengo uso de razón para regresar a mis andares por el “Café Tacvba“.

No está de más mencionar que el disco realmente fue una sorpresa. Hay que recordar que en ese año, el internet todavía no era lo que es hoy. Las noticias musicales sólo se podían adquirir a través de revistas como La Mosca, Lengua o Nuestro Rock. Dicho esto, hay que imaginar el impacto que tuvo que una banda, que ya era considerada de culto, rindiera tributo de la noche a la mañana a otra banda que había quedado rezagada en el gusto de las nuevas generaciones.

Un año después salió Cuatro Caminos, un disco que se volvió referencia para el nuevo sonido del rock en nuestro país. Con él llegó mi tercer encuentro con Café Tacvba. Fue una tarde de noviembre del año 2003. En el Foro Sol se celebraría la primera y última edición del Festival Alternativo en el que Placebo, Café Tacvba, Cerati, Kinky y La Mala Rodríguez compartirían escenario. Yo, castigado por mi bajísimo rendimiento escolar, tenía prohibido asistir al festival.

Ese día me escapé y gracias a un boleto que me consiguió un amigo, logré presenciar el histórico momento (recordando que en esos años aún no existían la cantidad de festivales con bandas de talla mundial que existen ahora). Creo que no tengo que mencionar que el regaño que recibí en casa fue épico, aún así, el recuerdo que guardo de ese día no tiene que ver con los gritos de mi papá, ni con el llanto de mi mamá. No, lo que más me marcó fue la presentación de Café Tacvba. En especial, mi memoria me lleva a dos momentos: el slam épico que se armó con “Las Flores” y el coro “paparupapa eu eo” de “El baile y el salón” que fue coreado por más de 20 mil personas. No me gusta refugiarme en lugares comunes, pero ese día, ningún regaño me podía quitar lo bailado.

Otro par de años pasó, el rock mexicano me había llevado al ska y éste, a su vez, al punk. Había cambiado “Las Flores” y “Las Persianas” por “Ellos dicen mierda” de La Polla Records. De Tacvba sólo quedaba el recuerdo. Fue en ese momento que Café Tacvba decidió repetir, en el Zócalo de la Ciudad de México, el show que un año antes había dado en El Palacio de los Deportes, como parte de la celebración de sus XV primaveras.

Como todo evento que se realiza en la Plaza de la Constitución, era gratis, y gratis es la palabra favorita del punk mexicano. No porque crean que el arte deba ser libre; la verdadera razón es porque, si no gastas en entrada, tendrás más dinero que se puede destinar a causas más importantes, como “la peda”.

En banda salimos del metro Tlatelolco cerca de 30 punkies con destino al centro de la ciudad. La mayoría de mis colegas tenían la intención de encontrar un lugar donde el anonimato que te dan los conciertos masivos les permitiera practicar libremente “la peda”; la música, presiento, era lo de menos. A mí me emocionaba el reencontrarme, una vez más, con Café Tacvba.

El reencuentro fue exitoso, no hubo una sola canción que no me supiera. Mis acompañantes “anarquistas” no sabían de mi afición por la banda que tenían enfrente. Café Tacvba era considerado por los fans del punk como un grupo “vendido”, representantes del capitalismo y el mundo burgués. Por lo tanto, para no poner en riesgo mi reputación, tuve que callar mis emociones. No pude bailar, ni gritar o cantar con libertad, pero jamás olvidaré ese concierto.

Jaime López subió al escenario a interpretar “Chilanga Banda”, canción que, una década atrás, había grabado junto con José Manuel Aguilera. “Sax” y Roco de Maldita Vecindad, subieron al escenario a interpretar un popurrí que contenía las mejores canciones del rock en español. Y el “paparupapa eu eo” jamás se había escuchado con tal intensidad. Esa noche terminé en Garibaldi y pasé la noche en una banca de mi natal Tlatelolco, entre cervezas y mezcales baratos; sin embargo, la razón por la que recordaré esa noche es gracias a los “Tacvbos”.

Este año cumplí 25 años, los mismos que Rubén, Meme, Joselo y Quique llevan tocando juntos. A Jaime López le gusta presumir que tiene la edad del rock & roll. Yo, orgullosamente digo que tengo la edad de Café Tacvba. No cualquiera.

Publicado en: Revista Kuadro

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