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Cena, baile y show con Paté De Fuá

  • Ruy Martínez
  • 9 nov 2016
  • 3 Min. de lectura

Foto por: Liliana Estrada (Revista Kuadro)

Hace cuatro (casi cinco) años vi por primera vez a Paté de Fuá. Fue en un Vive Latino en el desaparecido escenario Azul. El público hacía círculos que emulaba a los bailes rusos, también brincaba y cantaba mientras se pasaba la chela.

Qué distinto fue el público que anoche, en el Lunario, disfrutó de esta agrupación multinacional. No había círculos de baile, en su lugar, numerosas mesas ocupaban la pista. Tampoco había tanta chela, el vino adornaba las mesas. La edad promedio también era distinta; mientras que en Vive Latino alguien de mi edad (25 años) ya raya en lo mayor, ayer yo era un chamaco a lado de las cabezas canosas que dominaban el lugar.

El ambiente calmado sin baile ni malacopas me permitió observar, por primera vez, un show de Paté de Fuá con calma. Pude apreciar el maravilloso sonido del contrabajo de Luri Molina; también logré absorber el feeling que, con cada golpe a su batería, transmitía Demian Cantilo.

El show incluyó canciones de todos sus discos y estuvo bien equilibrado. Canciones como “¿A dónde vas?” (la cual, después de haberla tocado, fue pedida por un despistado ocasionando la burla de la banda), “El extranjero” y “El Fantasma” sirvieron para empezar a calentar la noche. En ese momento, el lugar, parecía más la recepción de una boda que un concierto de Paté de Fuá. El público se dedicaba a aplaudir y de vez en cuando a pedir alguna canción o aventar halagos a Yayo (vocalista y guitarrista).

“No me platiques”, canción que hizo famosa José José, seguida por un solo de saxofón por parte de Dan Mazor, precedieron a “Canción del Linyera”, melodía que indicó un antes y un después en el show. Fue a partir de ese momento que el público se percató que se encontraban en un concierto y no en aburrida boda de un primo al cual nunca has visto.

“Película muda”, que le da nombre a su disco más reciente, siguió prendiendo a la gente, ayudada por las imágenes que se mostraban en la pantalla que simulaban los letreros en las películas de principios del siglo XX. Después, Yayo se quedó sólo en el escenario en interpreto la que, según sus palabras, es la canción más íntima que ha grabado la banda: “Princesita”.

“Muñeca” y “Amparito”, fueron de las canciones más aplaudidas y sirvieron para preparar el climax de la noche que llegó de la mano de “Celoso y desubicado” que logró que todos abandonaran su copa de vino y se unieran al canto y las palmas.

“Vamos a morir”, primer sencillo de su nuevo disco, siguió con el ambiente fiestero que volvió a su punto más alto con “Nato a Barazra”, momento en el que Luri Molina se adueñó del escenario con su baile “sensual” a lado de su contrabajo con el que forma una pareja digna de concurso.

Después llegó el tedioso encore, corto por fortuna. Al regresar tocaron tres canciones que sirvieron para musicalizar la salida de la gente. Solamente “El valsecito de Don Serafín”, logró aguantar a la gente en sus asientos. La canción, que tenía un tiempo que no tocaban, sirvió para recordar los inicios de la banda, mientras la gente, melancólica, coreaba: “Suena la viola, suena el violín; suena la orquesta de Don Serafín”.

El concierto terminó y el público, de manera ordenada, abandonó su mesa con destino a la salida. Paté de Fuá son tan grandes que se pueden dar el lujo de tener dos tipos de público: el de la noche de ayer que es correcto, disciplinado y tranquilo; el otro tipo es juvenil, fiestero y no necesita de mesas ni meseros. Prefiero más al segundo tipo.

Publicado en: Revista Kuadro

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